jueves, 16 de agosto de 2012

¿Cómo Recordamos?


Memoria de elefante

El dicho se gestó cuando se creía que esta capacidad venía determinada por el tamaño. No es así, pero se ha descubierto que estos paquidermos pueden quedarse con la cara de sus amigos hasta la vejez.

  
Alto Volta, capital: Ouagadougou. Lo recitábamos pronunciando todas las letras, hasta que aquella niña se incorporó a la clase a mitad de curso, con ojos tímidos, una mochila morada y acento francés, y anunció: se dice Uagadugú. La nación africana ha tenido tiempo de rebautizarse como Burkina Fasso, pero el episodio sigue fresco en mi cabeza.

La capacidad de recrear hechos pasados es una de las formas que tenemos de recordar, llamada memoria explícita, y nos permite compartir viejas historias con amigos y sobrevivir cada día, cada minuto. Sus contenidos no se almacenan intactos e íntegros para siempre, sino que se recrean cada vez que algo suscita su presencia. En nuestro cerebro, el proceso activa un circuito de neuronas que se conectan entre sí para intercambiar impulsos eléctricos y sustancias químicas, e incluso modificar la forma de sus estribaciones mientras se estiran unas hacia otras.

Esas neuronas pueden encontrarse repartidas por toda la corteza cerebral y, dependiendo de su localización, ser depositarias de distintas porciones de información. Las del córtex visual aportarán el lila de la mochila a la historia, y las del auditivo, el acento francés. Al activarse todas al unísono, volverán a dibujar aquella mañana de mis diez años. Pero algunas formarán también parte del reparto de otras historias, como las excursiones a la montaña (la mochila) o el acento de una Amélie de cine.

La central del pasado
Pero antes de formar parte de nuestro bagaje vital, esos recuerdos han de grabarse. “La adquisición de la memoria episódica a corto plazo reside en nuestro lóbulo temporal, concretamente en el hipocampo y el giro dentado, que forma parte de este”, afirma Jesús Ávila, investigador del CSIC y Director Científico del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Neurodegenerativas (CIBERNED).

Esa localización geográfica la debemos a uno de los pacientes más célebres de la neurología: el estadounidense Henry G. Molaison, solo conocido hasta su muerte en 2008 como H. M. A los 27 años, el doctor William Scoville le extirpó el hipocampo para curar la epilepsia que sufría. Lo consiguió, pero desde entonces HM jamás pudo reconocer a las personas que le presentaban, ni retener durante más de unos segundos lo que le ocurría. Su capacidad de elaborar nuevos recuerdos se había esfumado.

“La clave parece estar en que el giro dentado es, junto al bulbo olfatorio, una de las dos zonas cerebrales en las que se forman nuevas neuronas durante toda la vida. Desde allí, estas se integran en las redes neuronales y contribuyen a la adquisición de nuevos conocimientos, ideas y recuerdos, es decir, de la memoria a corto plazo”, explica Ávila, mientras advierte de que: “Aún hay que investigar mucho para comprender esa neurogénesis”, así como la consolidación del recuerdo para que se mantenga a largo plazo. “Se cree que se realiza a través de una conexión del hipocampo con la corteza del lóbulo frontal, pero eso cada vez se está mirando más”, señala el biólogo.

Para entender el mundo
Los recuerdos conforman el tejido de nuestra experiencia, nos previenen de acercar demasiado la mano al fuego, y nos permiten volver a usar el atajo hasta la cala más popular de la costa y detectar de un vistazo si un compañero está hoy para bromas. Eleanor Maguire, del University College de Londres, pidió a un grupo de personas amnésicas que elaboraran historias tomando como escenario imágenes determinadas (una playa, por ejemplo). Solo consiguió datos sin apenas conexión, y dedujo que la memoria permite destilar un sentido del entorno e imaginar futuros a partir de él. Esa relación entre historia y porvenir quedó reforzada con las observaciones con resonancia magnética realizadas por Kathleen McDermott y Daniel Schacter: en ellas, las zonas cerebrales que se activaban al recordar y al planear coincidían en gran medida.

Pero no todas nuestras vivencias quedan registradas para volver a ser evocadas tal cual, con la misma intensidad, en cualquier momento. La llamada “amnesia infantil”, cuyas causas aún no están claras, elimina la mayoría de nuestros recuerdos conscientes anteriores a los 4 o 5 años, en contraste con la época comprendida entre los 15 y los 30 años de edad, conocida como pico de reminiscencia. Sus episodios se mantienen disponibles con mayor frescura y abundancia que los de cualquier otra época. Según los expertos, probablemente porque corresponden a hitos decisivos de la biografía, como la orientación profesional, la forja de amistades, la elección de pareja y la paternidad.

Momentos estelares
Otros hechos que parecen engarzarse a fuego en nuestro diario mental son los llamados destellos de memoria: la llamada que comunica la muerte de un familiar, la primera visión del rostro de un hijo, el atentado contra las Torres Gemelas… Quienes los viven están seguros de haber retenido al detalle tanto las circunstancias que rodean el suceso central, normalmente dotado de gran carga emocional, como los sentimientos que suscita. Patrick Davidson, de la Universidad de Arizona (EEUU), constató que unos ancianos con daños en el lóbulo frontal rememoraban el 11-S con la misma viveza que los jóvenes, a pesar de haber olvidado destacados episodios de su vida. Sin embargo, otro estudio impulsado por Elizabeth Phelps y John Gabrieli reveló que la percepción de esa catástrofe iba variando con el tiempo.

Precisamente con este tipo de recuerdos ha trabajado Karim Nader, de la Universidad McGill de Montreal. Convencido de que el simple hecho de evocar un suceso modifica la idea que tenemos del mismo, ha comprobado hasta qué punto pueden variarse los destellos de memoria. Para ello, condicionó a algunas ratas a esperar una descarga eléctrica tras escuchar un pitido. Una vez “educadas”, hizo sonar el pitido e inmediatamente les inoculó una sustancia que impide a las neuronas formar nuevas proteínas. De esta forma, se quedaron sin el cemento químico que fija las redes neuronales del recuerdo. Cuando volvió a hacer sonar el pitido, los animales permanecieron impasibles. Habían olvidado la descarga en lo que se conoce como reconsolidación del recuerdo.

Los roedores de laboratorio también nos han enseñado que olvidan experiencias dolorosas cuando se les destruye la red perineuronal (PNN), que recubre circuitos de neuronas en determinadas zonas del cerebro. A partir de estas investigaciones se intenta perfilar nuevas vías de terapia para quienes sufren estrés postraumático y viven martirizados por el dolor de una catástrofe pasada.

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